Teléfonos que arden, navieras que se hunden y un suicidio

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Durante los últimos 15 años si bien la economía coreana se ha recuperado y los chaebols se han reestructurado deshaciéndose de subsidiarias ineficientes y centrándose en sus negocios principales, se están haciendo evidentes problemas en relación a su modelo de gobierno corporativo cuya repercusión va más allá de los propios grupos empresariales

Por José Manuel Novo – Abogado. Roca Junyent
La imagen de Samsung Electronics ha quedado seriamente dañada tras la retirada del mercado del Galaxy Note 7 poco después de su lanzamiento en el mes de agosto. Lee In-won, vicepresidente de Lotte apareció muerto, en lo que aparentemente ha sido un suicidio, poco antes de declarar ante la policía en el marco de una investigación en curso sobre corrupción, evasión fiscal y malversación de fondos en la que estarían involucrados miembros de la familia controladora. El pasado mes de octubre, Hanjin, séptima naviera mundial, solicitó protección judicial ante sus acreedores. Su flota de barcos fantasma ha sido rechazada en varios puertos lo que ha supuesto un formidable problema logístico.
Por supuesto los motivos que han conducido a estas situaciones son diversos, desde una posible relajación de los controles de calidad para tratar de acompañar el lanzamiento de nuevos modelos por la competencia hasta un exceso de capacidad en el transporte marítimo mundial a raíz de la crisis económica que ha hundido los ingresos de las navieras, sin embargo, que tres de los mayores chaebols sean sus protagonistas abre la puerta a preguntarse si dichos hechos guardan alguna conexión con los problemas que el modelo corporativo de los grandes conglomerados familiares surcoreanos arrastra desde hace años.
En la década de los 60, bajo una planificada política de sustitución de importaciones e industrialización orientada a sectores estratégicos exportadores, Corea comenzó a fabricar y vender productos intensivos en mano de obra y de bajo nivel tecnológico, escalando lentamente en la cadena de valor hacia la industria pesada, la construcción naval, el automóvil y, finalmente, la electrónica. Este éxito se cimentaba, en buena medida, en el pacto existente entre el Estado, la banca y la industria privada, articulada en gigantescos conglomerados o chaebols, según el cual el Gobierno protegía de la competencia exterior mediante barreras arancelarias y para-arancelarias, mientras la banca facilitaba el acceso al crédito.
La propia configuración del sistema hizo que los chaebols se endeudasen e invirtiesen bajo criterios de control y eficiencia cuanto menos laxos, constituyendo deudas desorbitadas y divisiones deficitarias mantenidas con vida artificialmente. A la postre, a raíz de la crisis financiera asiática de 1997, la propia economía surcoreana se situó al borde del colapso, varios chaebols quebraron o fueron desmembrados y vendidos –así, General Motors se hizo con la división de automoción de Daewoo–, e incluso el FMI tuvo que intervenir.
Durante los últimos 15 años si bien la economía coreana se ha recuperado y los chaebols se han reestructurado deshaciéndose de subsidiarias ineficientes y centrándose en sus negocios principales, se están haciendo evidentes problemas en relación a su modelo de gobierno corporativo cuya repercusión va más allá de los propios grupos empresariales (las ventas de los diez mayores conglomerados equivalen al 80% del PIB de Corea).
La marca Samsung sugiere smartphones y electrónica de consumo, sin embargo, en Corea, puedes nacer en un hospital Samsung, trabajar en un astillero de Samsung, vivir en un apartamento construido y asegurado contra incendios por Samsung, disfrutar de un soleado sábado en el parque de atracciones Samsung Everland mientras saboreas una Hite pagada con tu tarjeta Samsung. Los chaebols coreanos se caracterizan precisamente por esta diversificación, una diversificación construida sobre una intrincada red de participaciones circulares y prestamos cruzados que complica tanto el análisis de sus finanzas como facilita su control por la familia fundadora aun con participaciones minoritarias. En este sentido, la Fair Trade Commission surcoreana ha señalado que aproximadamente un 12,5% de las ventas de los chaebols son intragrupo con la particularidad de que no es extraño que compañías cotizadas asignen proyectos rentables a empresas no cotizadas del grupo cuyos accionistas mayoritarios son precisamente las familias controladoras del conglomerado.
En línea con lo anterior, una segunda característica de los chaebols es precisamente su carácter familiar en un sentido amplio, pues incluye a los familiares políticos y otros allegados, pudiendo chaebol traducirse como “clan de riqueza”. Dicho carácter familiar tiene repercusiones a todo los niveles: desde las luchas sucesorias por el control del grupo que se abren cada vez que se produce un cambio generacional -en este momento son las terceras generaciones las que están entrando en liza- hasta el nombramiento de ejecutivos y directivos en base a su pertenencia y fidelidad a la familia más que a sus méritos profesionales. En este sentido, en el mes de junio la expresidenta de Hanjin Shipping, Choi Eunyoung, viuda de uno de los miembros de la familia fundadora y que dirigió la compañía desde 2007 hasta 2014 sin que se le conociese experiencia previa en el sector, fue acusada por la fiscalía de vender sus acciones en la compañía el día anterior a que esta hiciese públicas las dificultades que atravesaba la empresa.
Asimismo, es habitual que el patriarca de la familia controladora ejerza tanto de director como de propietario de facto de todo el conglomerado lo que en no pocas ocasiones entra en conflicto con los deberes fiduciarios propios del cargo, afectando negativamente a la protección y trasparencia debidas a los accionistas minoritarios. Precisamente la investigación sobre el grupo Lotte anteriormente referida, sugiere que miembros de la familia controladora habrían evadido unos 76 millones de dólares en impuestos, malversado unos 46 millones de dólares y causado perjuicios por un monto aproximado de 123 millones de dólares a empresas controladas por la familia al adoptar decisiones en su propio beneficio y en contra del interés de los accionistas.
Históricamente los chaebols han sido considerados un elemento fundamental del desarrollo económico surcoreano y a día de hoy conseguir entrar a trabajar en alguno de los conglomerados es considerado un éxito. Sin embargo y en buena medida consecuencia de lo señalado anteriormente, los chaebols enfrentan una progresiva pérdida del prestigio del que gozaban en la sociedad sudcoreana. Episodios como el de las nueces de macadamia o la condena y rápido indulto del presidente de Samsung en 2008 unidos a una diversificación y progresiva ocupación de nichos de mercado que deja poco lugar para el desarrollo y crecimiento de las pymes han provocado que la opinión pública comience a cuestionar el papel hegemónico de los chaebols en la economía coreana. Los políticos se encuentran cada vez más presionados para que se reforme y refuerce la legislación relativa al gobierno corporativo y se actúe con firmeza ante las malas prácticas y abusos protagonizados por los conglomerados lo que, por su parte, está comenzando a abrir tímidas grietas en la entente cordiale que los chaebols mantenían con el Estado desde la subida al poder del General Park Chung-hee en 1963.
Las crisis de Samsung, Lotte y Hanjin bien pueden ser una mera coincidencia en el tiempo, bien indicios de una crisis más profunda que afecta al propio modelo corporativo de los chaebols con las implicaciones que de ello derivan para la economía surcoreana. Veremos.