El lenguaje de los Abogados: disuadir, persuadir y convencer con las palabras

Las palabras del abogado, pronunciadas o escritas, no están destinadas a comunicar sino a convencer, persuadir y disuadir.

Por José Domingo Monforte, socio director de Domingo Monforte Abogados Asociados

 
Los abogados tenemos un lenguaje propio que responde al sentido práctico de derecho. El llamado “Estilo Jurídico” no tiene como prioridad la comunicación sino la imposición subliminal de una idea. Es por ello que, en ocasiones, puede resultar complicado para nuestros clientes seguirnos y entendernos cuando debatimos cuestiones de derecho.
Las palabras del abogado, pronunciadas o escritas, no están destinadas a comunicar sino a convencer, persuadir y disuadir. A crear una realidad que encaje con sus objetivos. Humberto Eco escribe “un juicio es un escenario en el que se representa una comedia o un drama….y empieza la logomaquia”. Más que lo que se dice, importa como se dice. Por encima de la razón se anteponen los argumentos. Una teoría que comparto, pero que no es mía. Se la escuché al Filósofo, historiador y lingüista, Pancracio Celdrán, en una conferencia titulada “Las Palabras y los Abogados”.  Entendía el erudito que, en ocasiones, los golpes de efecto tumban la verdad más verdadera. Y ponía como ejemplo una anécdota histórica que refleja perfectamente esta idea: Friné, prostituta griega del siglo IV a.de.C, acusada del crimen de impiedad, fue llevada ante los jueces atenienses; Su abogado, Hipérides, viendo indecisos a los magistrados y casi condenada a su defendida, pidió a Friné que se desnudara y dijo: “Oh jueces de Atenas ¿Condenareis por un crimen de impiedad a quien los dioses hicieron tan hermosa”….Salió absuelta.
Los abogados escribimos y hablamos primero para disuadir: quitar de la cabeza del juez, del abogado contrario e, incluso de nuestro cliente, las ideas que no encajan con la “verdad” que defendemos. Y en segundo lugar para persuadir: convencer a todos los que nos escuchan de que nuestros argumentos son los únicos con los que se puede hacer justicia.
En el lenguaje oral, tiene un peso enorme la comunicación no verbal: la entonación, los gestos, los ademanes. Los abogados, por difícil que sea la postura que defendemos, hemos de transmitir seguridad, que los que nos escuchan perciban que estamos convencidos de lo que decimos. Ese será el primer paso para convencer; primero, por deber, a nuestro cliente, de que le estamos dando la mejor defensa posible y, después, al tribunal de que tenemos razón en nuestros argumentos.
Durante el discurso, es fundamental estar pendiente del auditorio para asegurarnos de que está entendiendo el sentido de las palabras y el objetivo con el que las pronunciamos. Y evitar, en la medida de lo posible, equivocarse. Decía Cicerón “el error percibido es como una herida….de ella podemos morir y dejar a la intemperie nuestro tinglado o entramado retórico”.
Si hablamos de los escritos forenses, el estilo jurídico, conserva una valiosa herencia del latín. Una lengua demasiado viva en nuestra disciplina como para considerarla muerta. Y que además ayuda a encontrar la precisión y exactitud que la terminología jurídica necesita para expresarse correctamente. Todo ello hace, sin embargo, que los textos jurídicos puedan resultar rebuscados y complicados de entender para los profanos en derecho. Pero es el precio que deben pagar para cumplir sus propósitos. Para ser efectivos, los escritos de los abogados, deben combinar el léxico propio, riguroso y preciso, con un discurso coherente y bien organizado. Ha de tenerse en cuenta que está destinado a un receptor especializado en la materia y, por tanto, el uso de una terminología específica suma y ayuda a la comprensión.
No deja de ser cierto que, cuando los abogados salimos de nuestro entorno jurídico, tendemos a llevar con nosotros ese lenguaje que, para una audiencia más generalista, puede resultar artificioso. Es cuando se escribe artículos de opinión o se habla para personas no especializadas en derecho, cuando debemos  hacer un esfuerzo y adaptar nuestro lenguaje forense en aras de una correcta comunicación. En este camino, el estilo jurídico puede sacrificar algunos tecnicismos, pero nunca perder su riqueza léxica. Hacer un discurso comprensible no implica rebajar la cultura del que se expresa. El lenguaje nunca se debe banalizar o degradar, ni siquiera en aras de un fin tan loable como es la comunicación. La sencillez no es simpleza.