Habilidades y competencias para un abogado directivo de su despacho

¿Es el abogado un empresario? No, el abogado es un profesional, es decir, una persona que desarrolla una actividad fundamentalmente intelectual que precisa de conocimientos específicos (normalmente tras unos estudios universitarios), a través de la cual, y sobre la base de relaciones con terceros basadas en la confianza, percibe una remuneración por su actividad. Dicha ocupación suele estar regulada a través de unas normas establecidas específicamente para mayor garantía del correcto ejercicio profesional.

Por Oscar Fernández de León. Socio Director de Oscar León

 

 
1.Introducción

Replanteamos la pregunta:

¿Debe actuar el abogado como un empresario? La respuesta es, esta vez, afirmativa, y la razón de esta aparente contradicción reside en que, para el desarrollo de su actividad profesional, los abogados operan a través de despachos profesionales, esto es, organizaciones que agrupan recursos humanos y materiales dirigidas al cumplimiento de sus objetivos profesionales.

Tradicionalmente, los despachos (siempre unidos a la figura del abogado), han venido siendo considerados por el propio colectivo de la abogacía como organizaciones muy alejadas de cualquier perspectiva empresarial, limitándose su actividad a la propiamente profesional, por lo que se han venido manteniendo a lo largo de los años (incluso hasta principios del siglo XXI) como entidades obsoletas en un mercado en vertiginoso cambio.

Sin embargo, la transformación del sector, que comienza de forma visible durante la primera década de este siglo, ha hecho que se produzca una verdadera revisión de este planteamiento, y actualmente, nadie duda que los despachos de abogados, si bien sirven a una actividad profesional, necesitan para sobrevivir funcionar al amparo de los estándares propios de la empresa, o lo que es lo mismo, como una organización empresarial dotada de recursos humanos y materiales necesitada de una gestión en aspectos económicos y financieros, de marketing y atención al cliente, comunicación, servicios, formación, etc., todo ello con el fin de alcanzar la eficiencia, productividad y, por ende, la competitividad del negocio.

Por lo tanto, hoy en día, tener abierto un despacho de abogados sólo puede lograrse mediante la combinación de un buen hacer en la práctica profesional, acompañado de una adecuada gestión empresarial de la organización, pues de lo contrario, el actual entorno de mercado, juez competitivo y exigente, impedirá el desarrollo de la actividad condenándola a una extinción inevitable.
2. ¿En qué consiste la gestión de un despacho como una empresa?

Partiendo de que los despachos de abogados deben gestionarse como empresas, es necesario detenernos en la gestión de empresas. Concretamente, la gestión empresarial es la actividad que busca a través de las personas que ostentan la dirección de la empresa, mejorar la eficiencia, productividad y, de esta forma, la competitividad de las empresas o negocios, empleando para obtener dichos fines herramientas de planificación, organización, dirección y control de los recursos de una organización (humanos, financieros, materiales, tecnológicos, del conocimiento, etc.).

Esta actividad incide en cuatro niveles funcionales perfectamente definidos: planificación, organización, liderazgo y control, funciones que tienen que estar presente en todos los niveles departamentales de la organización.

Estos niveles podrían definirse de la siguiente forma:

1ª.- Planificar: Planificar consiste en especificar los objetivos que deben alcanzarse y decidir anticipadamente las acciones que deben tomarse para lograr tales objetivos. A través de la planificación se analiza la situación actual de la empresa, se visualiza el futuro de la misma, determinándose los objetivos necesarios y las acciones a realizar para alcanzar dichos objetivos, sin olvidar
la determinación de los recursos necesarios. En definitiva, a través de la planificación se establece la estrategia de la empresa.

2º.- Organizar: Organizar consiste en ordenar y coordinar los recursos humanos, financieros, físicos y otros que son necesarios para alcanzar los objetivos de la empresa creando las condiciones para que las personas trabajen de forma armoniosa y orientada a alcanzar los mejores resultados posibles.

3º.- Liderar: Liderar es estimular a los miembros de la organización para que desempeñen su actividad con altos niveles de rendimiento. El líder, a través de la comunicación permanente, tendrá que dirigir, motivar y comunicarse con los empleados de forma individual y en grupo, ayudándoles en el logro de los objetivos de la organización.

4º.- Controlar: Una organización bien gestionada desde las perspectivas de planificación, organización y liderazgo sería ineficiente si no dispusiera de un mecanismo de control y de supervisión del desenvolvimiento y progreso de la empresa, especialmente cuando se están implementando cambios. A través del control, se detectan las disfunciones en el cumplimiento de los objetivos de la empresa, pudiendo con ello ponerse en marcha los mecanismos correctores oportunos.

Lógicamente, cada una de estas funciones se desarrollan a través de una serie de técnicas y herramientas que facilitarán los procesos a aquéllas asociados (análisis estratégico, tecnologías de la información, gestión financiera, gestión del conocimiento, gestión del tiempo, etc.).

3. ¿Quién gestiona mi despacho?

Hasta ahora todo lo expuesto resulta comprensible en la práctica, pero, a la hora de la verdad es difícil concebir que en el seno de un pequeño o mediano despacho se cuente con un profesional que pueda planificar, organizar, liderar y controlar la organización. La razón es obvia: la dedicación del abogado a su trabajo diario, de por sí muy exigente, hace muy difícil su dedicación a estas actividades. Pero, lo más llamativo es que los abogados, tradicionalmente, no ven con interés las tareas relacionadas con el management, lo que se evidencia con la necesidad de autonomía que caracteriza a los abogados, íntimamente asociada con un rechazo a seguir instrucciones de quienes se encargan de la gestión; igualmente, los abogados tienen, por tradición, una orientación en la que prevalece la búsqueda de la rentabilidad, lo que los lleva a considerar nuevamente los aspectos gerenciales como secundarios; finalmente, los abogados carecen de facultades y habilidades de management, por lo que cualquier cuestión que salga de su ámbito de especialidad, se verá como una amenaza que les obligará a entrar en campos desconocidos y escasamente deseados.

Ante este panorama, difícilmente sostenible por las razones apuntadas, es imprescindible que los despachos literalmente cojan al toro por los cuernos y se conciencien primero de la necesidad e importancia de gestionar estratégicamente el despacho, pues de otra forma, la competencia (que sí lo estará haciendo) acabará superándolos sin piedad, pasando a continuación a la acción.

Para ello, el despacho tendrá que realizar diversas acciones entre las que destacamos las siguientes:

– Los responsables del despacho (titulares, socios, etc.) tienen que reflexionar sobre la importancia de la gestión empresarial del despacho y comprometerse con esta idea.

– Una vez alcanzado dicho consenso, hay que transmitirlo a la organización, iniciando con ello un proceso de implantación de una cultura empresarial.

– Designar, de entre los profesionales, a uno que realice las funciones de dirección, gerencia o administración, y dotarlo de autoridad y medios que le permitan desarrollar su actividad. Entre éstos, el más importante será la concesión del tiempo necesario para poder llevar a cabo dicha tarea, que deberá compatibilizarse con la profesional.

Naturalmente, las amplitudes de las tareas a desarrollar serán directamente proporcionales a la dimensión del despacho, si bien se antojan imprescindibles el desarrollo de actividades relacionadas con el establecimiento de una visión, misión, objetivos estratégicos, plan de marketing, organización interna del despacho, mejora de la gestión interna en materia de presupuestación, gestión y cobro de honorarios, atención al cliente, gestión del conocimiento, etc. En consecuencia, paso a paso, el despacho deberá ir adoptando medidas significativas que lo acerquen a un modelo en el que la actividad profesional y la empresarial dispongan de su espacio de forma complementaria, lo que redundará indudablemente en un despacho más eficaz y eficiente.

4. Las habilidades necesarias para liderar el despacho

Sentado el principio de que todo despacho va a requerir que alguno de sus profesionales se encargue total o parcialmente de llevar a cabo las funciones directivas, podemos definir al abogado directivo como el profesional responsable del adecuado uso de los recursos con los que cuenta la organización, es decir, quien se ocupa de que la organización funcione adecuadamente de cara a la consecución de sus objetivos, lo que se alcanza solo de una forma: dirigiendo. Y para dirigir, el abogado tendrá que desarrollar una serie de funciones esenciales en su organización mediante el empleo de una serie de capacidades y habilidades empresariales que pasamos a detallar:

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